jueves, octubre 13, 2011

Praga en cuatro bocados - Mercados

Cuando en mi primera reunión con Jitka, tomando un capuccino en el Café de la Casa Municipal, planificamos como íbamos a abordar y a organizar el trabajo, una de mis primeras propuestas fue visitar los mercados más simbólicos de la ciudad. Mi sorpresa fue que Praga no tiene mercados de abastos. No apliqué la lógica suficiente como, para darme cuenta que un país con un pasado comunista, no suele contar tradicionalmente con este formato de comercio. Pero mi guía, que es un auténtico fenómeno investigando, consiguió darme algo que podría servirme; los mercados de fincas.
Farmářské Trhy o mercado de fincas es un rastro que se improvisa con cierta periodicidad, en algunos puntos de Praga. Puestos desmontables que están presentes durante toda la mañana de cada segundo viernes del mes, entre los meses de junio y septiembre. Me resultó providencial que coincidiese con mi visita, así que nos acercamos a ver que productos se pueden encontrar estos mercados praguenses. El que visité está situado frente a la parada de metro de Anděl.
En cuanto a verduras, encontraremos la gran variedad que puede encontrarse hoy en día en todos los mercados de Europa, pero alguna singularidad, como los pimientos amarillo pálido típicos de la República Checa. Apionabos, colinabos, chivias (ellos le llaman perejil, y también comen sus hojas), eneldo fresco y otros muchos ingredientes habituales en las sopas checas. Compramos un colinabo (kedluben) para degustarlo como lo hacen allí, pelado y crudo en ensalada. Me gustó su textura muy crujiente y su delicado sabor a castaña. Interesante descubrimiento.
Los knedlíky forman un pilar fundamental en la cocina checa, guarnecen una gran cantidad de platos, y como su elaboración es un tanto artesanal, lo habitual es comprarlo ya preelaborado. Está preparado a base de harina, agua, huevo y levadura, aunque puede incorporar de tocino en ocasiones. También los hay de patata, y estos suelen ir rellenos de carne ahumada. El mismo formato tiene su versión dulce, a veces con requesón, y siempre con alguna confitura de frutas; fresas, arándanos, frambuesas… Estos últimos son los que los checos pueden tomar como único plato de una comida, por esa forma tan curiosa que tienen de relacionarse con el mundo dulce.
A pesar de que los checos no crean que su pan sea bueno, ya que los comparan con los de sus vecinos alemanes, su calidad y variedad es excelente. En los Mercados de fincas se pueden ver hogazas que exhiben una miga húmeda y fragante, pero si tu plan no es comprarte un pan de Praga, no te preocupes, el pan en los restaurantes es también de categoría.
Podéis aprovechar para probar un koláče un bollo muy conocido en EEUU, después de que los emigrantes checos lo exportasen. Son unos bollos circulares planos rellenos de mermelada de ciruelas con almendras, requesón con pasas, semillas de amapola o manzana.
Que no os confunda el aspecto de las valašské frgály. Aunque a primera vista puedan parecer porciones de pizza, se trata de otro dulce checo. Una fina masa plana sobre la que ponen diferentes tipos de mermeladas y confituras. El sabor más sorprendente el de las trnka, lo que vendría a ser las endrinas del pacharán.
Si coincide con época de vendimia, se puede encontrar vino blanco joven (casi infantil) del año. Todavía turbio y con un importante nivel de acidez, es uno de los pocos vinos que se beben regularmente en la República Checa. De hecho al burčák se le han atribuido propiedades beneficiosas, como que es purificante, y que se ha de beber tanta cantidad, como sangre tienes en el cuerpo. Otra bebida que encontré fue el licor de miel, suave y aromático, con toques de vainilla, clavo o canela.
Además de ser grandes productores, los checos son grandes consumidores de arándanos (brusinka), por lo que es habitual encontrarlos en su gastronomía, no sólo como confitura para guarniciones de carne y queso, sino en siropes para diluir en agua.
Alguno de los productos que os podéis animar a comprar son uno de los quesos aromatizados y marinados de la zona de Liberec, platos tradicionales caseros en conserva, o embutidos artesanos (especialmente los ahumados).
En vista de la carencia de mercados de abastos, decidí ir un paso más allá y visitar un supermecado de Praga. Me interesaba conocer qué productos compran los checos, cómo son, y para qué los utilizan. Recorriendo los pasillos, pude reconocer muchos de los ingredientes que ya había probado investigando la cocina checa; pasta de rábano picante, preparados de salsas para gulash, pepinillos agridulces (tienen su propia DO), masa para knedlíky, salsa de arándanos, un gran surtido de mostazas, las versiones deshidratadas de todas las sopas checas, ensaladillas, y por supuesto decenas de tipos diferentes de cervezas.
Hice un pequeño acopio de olomouké, un queso de olor penetrante y sabor intenso, que tan sólo tiene un 1% de materia grasa. El sueño dietético hecho realidad, de cualquier amante del queso. También es cierto que si lo comemos en la versión checa, rebozado y frito, se convierte en una bomba calórica. Me llamó la atención una legumbre que no conocía, la pohanka, que el día anterior había probado en galletas saladas, como si fuese un topping. También quise llevarme unas pequeñas latas de paté de diferentes sabores, cuando Jitka me contó que esas latas eran las que se llevaban para almorzar, junto a un trozo de pan, los trabajadores de la época comunista.
Si os resulta difícil encontrar semillas de amapola en vuestra ciudad, este podría ser un buen momento para comprar, así como alguna de las marcas comunistas de chocolate, o alguno de sus caramelos de hierbas. Si os sobran coronas podéis aprovechar para comprar alguna caja de Tradicni lazenske oplatky, unas obleas de barquillo rellenas de azúcar avellanado o chocolate. No son caras (99 czk el paquete básico), no obstante en el super os costarán la mitad.

viernes, octubre 07, 2011

El Molino de Urdaniz & Cruzcampo

Son pocas las veces en las que hablo de una campaña promocional de una gran marca. Los motivos son diversos, pero por señalar uno, diré que si quieren publicitarse a través de mis contenidos, pues que paguen como lo hacen con el resto de medios. Así de claro y directo lo digo. De todos modos, como ese no es el tema de este post, dejaremos para otro momento el ancho, largo y profundo debate sobre el uso/abuso de los bloggers como soporte promocional de marcas y eventos.

En este caso quiero daros a conocer una interesante campaña que ha puesto en marcha el colectivo de los Restaurantes del Reyno en colaboración con Cruzcampo. No voy a hablar de la marca, ni de su producto, pero sí de la iniciativa, que me parece además de relevante, muy atractiva para un determinado sector de público. ¿Por qué y para quién? Entiendo que un menú cerrado, bebida incluida (Cruzcampo Gran Reserva y agua), por 48€ (IVA incluido) en algunos de estos locales, es un auténtico chollo. Con la promoción podemos estar pagando un hasta un 40% menos de lo costaría ese mismo menú en circunstancias normales. Un precio fantástico para todos aquellos que teniendo una economía limitada, les gusta disfrutar de la alta cocina. Si además lo comparamos con lo que se puede llegar a pagar en un restaurante, digamos de gama media, es un importe altamente competitivo.
Como ejemplo gráfico de esta promoción, el menú que pudimos disfrutar gastrónomos y prensa en la presentación de la iniciativa en El Molino de Urdaniz. David Yarnoz, jefe de cocina de este restaurante con una estrella Michelín, explicó el maridaje de los platos con la cerveza con unos coherentes razonamientos, que pudimos constatar plato a plato.
Os invito a que echéis un ojo a todos los menús propuestos por los Restaurantes del Reyno. Y recordad que podéis disfrutar de esta propuesta durante todo el mes de octubre.
Focaccia de tomate y tomillo
Margarita
Brotes de cogollos de Urdaniz, aire de albahaca, bogavante y piel de leche
Tataky de atún ligeramente ahumado con perlas de tapioca de soja, chalotas, olivada, brotes, flores y hierbas anisadas
Reflejo de la identidad local, los platos de El Molino de Urdaniz recogen habitualmente un surtido catálogo de aromáticos que el equipo de cocina recoge a diario en los alrededores del restaurante, o en su propia huerta.
Raíz asada de salsifí, aire de trufa, setas, alcachofas y cítricos
Lomo de rodaballo salvaje con jugo reducido de ibéricos y ñoquis de parmesano
Ternera de Navarra glaseada acompañada de polenta en dos texturas: cremosa y crujiente
Palos de Rooibos
Un postre que representa la complejidad de los postres de David, llenos de matices, texturas y sorprendentes combinaciones, que le hacen destacar notablemente como cocinero de vanguardia.
Restaurante El Molino de Urdániz
http://www.elmolinourdaniz.com/
Calle de San Miguel 00
31698 Esteribar
948 30 41 09

Cómo pelar una cabeza de ajos en 10 segundos

jueves, octubre 06, 2011

Praga en cuatro bocados - República líquida


Las cafeterías históricas son uno de los grandes reclamos de Praga, pero más por su simbolismo y arquitectura, que por el servicio que prestan como tal. Excelentemente conservados estos cafés permiten tener una regresión en el tiempo, para poder sentir el glamour, lujo y esplendor de finales del siglo XIX y comienzos del XX. El café no es extraordinariamente bueno (la leche la sirven terrinas de dosis), pero se puede disfrutar de un digno capuccino, acompañado de un trozo de las apetitosas tartas que pasean en un entrañable y seductor carro de postres. Quien guste de acompañar el café con un pitillo, se sentirá extraordinariamente feliz al saber que en la mayoría de los cafés y restaurantes de Praga se puede fumar. En las cafeterías praguenses no es habitual encontrar infusiones más allá de los clásicos tes rojo, verde y negro. Tampoco infusión de hojas de tilo, y eso que es el árbol nacional checo. Si buscáis tomaros un buen café, en la cadena de cafeterías Ebel Coffe House, encontraréis un gran surtido de diferentes procedencias y elaboraciones de café.

Si hay una bebida famosa en la República Checa, es la cerveza. Los checos son unos auténticos forofos de este brebaje, del que se declaran los inventores, aunque los alemanes no estén del todo de acuerdo. La medida habitual de las jarras de cerveza, es de medio litro, y la temperatura de servicio de 9ºC, que puede resultar un poco caliente para nuestro gusto. La gama de cervezas es inabarcable, pero la más característica es la Pilsen, elaborada sin estabilizantes, ni conservantes, por lo que es necesario fijarse en la fecha de caducidad, ya que es una cerveza que se degrada en poco tiempo. Las cervecerías pueden ofrecer dos tipos de formato; barril o tanque, pero en cualquiera de los casos, cada una de ellas exhibe en la puerta del local un distintivo indicando que clase de cerveza sirven. Los locales con cerveza de grifo (barril), suelen disponer de diferentes tipos y marcas, mientras que las de tanque disponen sólo de un tipo, que además ha de consumirse en un plazo máximo de dos semanas, antes de que se corrompa. Por supuesto la cerveza en botella es otra de las opciones que encontraremos en todo tipo de cervecerías. Estas son algunas de las marcas de cerveza checa: Krušovice, Pilnen Urquell, Staropramen, Gambrinus, Budweiser, Bernard, Kozel, Primator, o Zlatorpamen.

En
Prague Beer Museum podéis encontrar más de 30 tipos diferentes de cerveza de grifo. En el Restaurante Lokal (justo en frente) la podréis encontrar la de tanque. Ambos están en la calle Dlouhá de Praga.

También existen alternativas sin alcohol, como la Birell, que fue elegida mejor cerveza sin alcohol en 2008. Un dato más que curioso, si tenemos en cuenta el gran conocimiento que los checos tienen de la cerveza, y lo exigentes que son en su degustación. Es importante saber que la tasa de alcoholemia permitida para conducir en la República Checa es de 0,0%. También es trascendental para los checos distinguir, a la hora de seleccionar una u otra cerveza, entre densidad y graduación alcohólica. Ésta última se mide en tantos por ciento volumétricos (VOL %), mientras que los grados plato (ºP) indican la cantidad en gramos de extracto seco primitivo del mosto original de la cerveza contenido en 100gr. de dicho mosto a la temperatura de 20ºC. De la suma de estos dos factores tendremos cervezas más o menos fuertes, y/o más o menos alcohólicas. Me resultó curioso saber que son las mujeres las que más cerveza negra consumen, fundamentalmente porque es más dulce, pero también por una irónica leyenda urbana que dice que hace crecer los pechos.

Otro de los reclamos líquidos de Praga es la absenta, que aun no siendo una bebida típica del país, consigue atraer a una gran cantidad de curiosos deseosos de probar este excéntrico licor. Es fácil encontrarse tiendas donde venden todo tipo de marcas de absenta, pero lo recomendable es acercarse alguna de la absenterías, ver el ritual de preparación y degustarlo tranquilamente. Su potente graduación alcohólica y su sabor, similar a un enjuague bucal, no es apto para todos los públicos, pero merece la pena probar la experiencia. Podréis encontrar variantes singulares, como la absenta con chiles, helado o granizado de absenta, caramelos, cócteles o los accesorios para poderla preparar correctamente. En este video podéis ver con todo detalle como es el procedimiento.

Pero si hay un licor que presente a la República Checa por excelencia, este es el Becherovka. Elaborado a base de 32 hierbas y procedente de la región de Bohemia, se degusta frío en chupitos o bien se mezcla con tónica. El Beton (Becherovka+Tónica) es uno de los combinados favoritos de los checos, y después de catarlo, tengo que decir que entiendo su gusto.

Como curiosidad no dejéis de probar la Kofola, un refresco de cola que se creo en la época comunista como alternativa a la Coca-Cola. Todavía es habitual encontrarla, y para muchos consumirla, es una forma de desafío al imperialismo americano.
Es curioso como cuando uno viaja y pretende encontrar muchos de los referentes turísticos, te sorprendes al darte cuenta que un lugar singular te ha encontrado a ti. Te sientes como si la ciudad te hubiese confesado un secreto. Eso fue lo que nos sucedió cuando paseando por la Galería Lucerna, decidimos sentarnos en el primer bar que encontramos. Un local oscuro y pequeño, con mucho humo, una decoración que recordaba otras décadas, y un grupo de gente charlando intensamente. Mientras yo me centraba en la cata de bebidas, refrescos y combinados a la que me iba a someter, Jitka me contaba sorprendida que el público del local estaba formado por una escogida selección de periodistas, escritores e intelectuales del país. La experiencia me pareció en su esencia, mucho más intensa que la visita a los cafés históricos, donde antaño sucedían esas conversaciones de contenidos tan elevados. El sitio se llama Ignis Club y por bohemio, merece una visita.


Si quieres saber más:
Praga en cuatro bocados - Gastronomía contemporánea
Praga en cuatro bocados - Gastronomía Popular 
Praga en cuatro bocados - Mercados

miércoles, octubre 05, 2011

Pinchando

En los últimos meses me ha tocado participar como jurado en varios concursos de pintxos. El más reciente el VI Campeonato de pintxos de Euskadi, en el me tocó juzgar las propuestas que iban a pasar a la final. La peculiaridad de este evento fue que el jurado estaba en contacto directo, no sólo con los cocineros que estaban cocinando a nuestras espaldas y explicaban su plato antes de cada degustación, sino que además teníamos de frente al público que asistía al concurso. En las gradas cocineros, equipos de cada uno de los locales, familiares y curiosos. No es la primera vez que me veo en esta situación, pero sí la primera vez que me apetece contar cuales son las percepciones que se viven en una situación como esta, y por extensión otras reflexiones sobre el sobado debate sobre como ha de ser un pintxo.

Sinceramente, suelo estar muy concentrada en mi ritual de catar cada uno de los pintxos, y apenas presto atención a lo que tengo a mi alrededor, pero en algún rato muerto entre plato y plato, me recreé en observar a los espectadores. Tantos años dedicada a la docencia y cierto adiestramiento en la interpretación del lenguaje no hablado, me hacer tener una eficaz pericia en interpretar gestos y actitudes. En el auditorio de Hondarribia había quien me miraba con curiosidad, intentado adivinar quién narices era esa rubia y porqué estaba allí. Los había que con cierto mohín de desprecio, dejaban claro que no tenían ninguna confianza en mi criterio, y que por extensión, pensaban descalificar cualquiera que fuese mi juicio. También estaban aquellos que con curiosidad y aprobación observaban mi metodología de trabajo, calificándolo de profesional. Allí había de todo y cada cara contaba una historia.

Soy de la opinión de que si alguien me ha seleccionado como miembro de un jurado gastronómico, nadie tiene que venir a pedirme explicaciones de porqué estoy allí, y qué me avala para cumplir esa función. En todo caso tendría que pedirlas a la organización de evento, que ha sido quien me ha propuesto participar. Por la misma regla de tres, cuando un participante accede a que su trabajo se juzgue, tiene que asumir el riesgo de que su propuesta no guste o no tenga el éxito proyectado. Entiendo que cada uno de los cocineros que se presentan a un concurso, lo hacen pensando que su pintxo es digno de merecer el premio, y entre ilusión y nervios, esperan que reconozcamos su esfuerzo. Tanto los concursantes como el jurado, nos equivocamos algunas veces, pero hay que aceptar las reglas de juego y saber encajar los fracasos con la mayor elegancia posible.

La manida frase de que el mejor jurado de un restaurante, o bar de pintxos, es su clientela entre la que triunfan sus platos, es una realidad indiscutible con la que estoy completamente de acuerdo. Es más, si un pintxo fracasa en un concurso, pero es un éxito de ventas en barra, felicito honestamente al cocinero. Por encima de todo, la gastronomía es un negocio, y la primera obligación de restaurador y/o propietario es que como tal funcione y dé dinero. El romanticismo culinario es una cosa, pero hacer caja para pagar nóminas a final de mes, es el factor prioritario para que la hostelería siga funcionando. De verdad, sentiros orgullosos y habéis llegado a ese equilibrio entre lo empresarial y lo gastronómico.

A partir de este punto hay otra categoría de concursantes, los que buscan un reconocimiento público a su trabajo y aspiran a que el jurado los posicione en un puesto destacado del ranking de valoraciones gastronómicas. Advierto que a partir de este momento voy a ser un poco (más) dura, y quizás alguno tendría que tener a mano los kleenex y el botiquín, porque puede acabar llorando, sangrando, o ambas cosas.

Antes de abrir este melón, me gustaría dejar claros cuales son mis criterios respecto al formato pintxo, que tantas discusiones provoca. Así como los más puristas (puretas o vieja escuela, en muchos casos) insisten en que el pintxo ha de poderse (por imperativo, tenerse) que comer con las manos, yo no estoy en absoluto de acuerdo. Si el argumento es que tiene que poder comerse cómodamente en una barra, apelo directamente a la evolución de la confortabilidad que está experimentando el mundo de la tapa y el pintxo. Sirva de ejemplo el concepto gastrobar, que tantas ampollas levanta como término, pero que sintetiza un claro cambio en la forma de cómo vamos a comer en un futuro no muy lejano los pintxos. No podemos exigir como reglas del formato, las que en su día se instauraron, porque el mundo ha dado ya demasiadas vueltas, y los que se ponían cachondos con el insinuante escote de Rita Hayworth (la musa del primitivo pintxo, la gilda), ahora ven como la playa de Gros de Donosti se llena de tetas al sol, sin que nadie se inmute demasiado. Si en los cincuenta eran cuadrillas de “chiquiteros” las que poblaban los bares, y como avituallamiento tomaban encurtidos embrochetados o huevos cocidos, ahora el público es muy más plural (en género y edad) y mucho más sofisticado. Estos son algunos de los motivos por los que no puedo entender ese empecinamiento en aplicar normativas de otro siglo, con tan poco margen de flexibilidad.

Cuando pido un pintxo, lo quiero servido con cubiertos, y si es posible tomármelo sentada y con un mínimo de comodidades, como pueden ser el espacio vital para comer y la higiene mínima de un suelo que no esté lleno de desperdicios. Es más que probable que si encuentro ese hábitat, en vez de un pintxo me coma dos o tres. Si alguien piensa que eso no es ir de pintxos, tendremos que retomar el debate dentro de unos años, cuando pronostico que habrá tanta oferta de peregrinaje pintxero clásico, como locales que ofrecerán menús a base de pintxos en el marco de servicio más similar al de un restaurante, que al de un bar.

Otro tema polémico es el gramaje o tamaño del pintxo. Dos o tres bocados, vale estoy de acuerdo. Pero muchas de las propuestas son de un solo bocado, lo que supone tenerte que meter tal cantidad de comida, que es como si un camión de seis ejes estuviese haciendo una maniobra de aparcamiento en tu boca. Sumado a la sugerencia de coger el pintxo con la mano, te puedes encontrar en la incómoda situación de estar comiendo en un plan tan guarro, que sólo en la intimidad de tu casa te atreverías a reproducirlo.

Si ya tenéis las tiritas a mano, voy a por vosotros, amigos cocineros. He profundizado en la forma, y ahora voy a matizar el fondo, donde espero estemos de acuerdo, radica la verdadera esencia del pintxo. A este respecto, una sola palabra: producto. Ese debe de ser el eje sobre el que se apoye y gire un pintxo, el producto. Si el chef valenciano Raúl Aleixandre dice que si una técnica no va a mejorar un producto, mejor dejarlo como está, yo añadiría que producto debería ser el mantra que inspire por encima de todo a un cocinero. El producto ha de sublimarse, ha de tener un importante grado de protagonismo (por Dios, no le pongáis dieciocho ingredientes más para enmascararlo), y si además transmite valores como la temporalidad y el proximidad, pues ya es la pera limonera. Duele ver las fechorías que se cometen con algún producto noble, con la intención de rizar el rizo y buscar impacto, sin ningún tipo de razonamiento ni criterio.

Luego está ese megamix de originalidad, técnica, puesta en escena y pirotécnia variada que se ha instalado en el formato pintxo, y que nos está llevando una situación realmente dramática y preocupante. No quiero señalar casos concretos, ya que no lo he hecho en todo el artículo, pero son varías las ocasiones en las que comerme un determinado pintxo me ha supuesto una auténtica ofensa. Poner por delante la estética a la ética gastronómica, intensificando mezclas imposibles de sabores, coloreados extravagantes, técnicas desvirtuadas y formas delirantes, es un problema que está tomando dimensiones desproporcionadas. Entiendo que la revolución creativa en cocina de los últimos años ejerce cierta presión, y es más, considero altamente positivo que sean los bares de pintxos los que sirvan de hilo conductor entre la alta gastronomía y el gran público, pero hagámoslo con coherencia por favor.

Soy plenamente consciente que jugar fuera de casa, en cocinas ajenas o improvisadas, es un gran inconveniente, y eso hace que muchas veces pase por alto fallos que tengo la total seguridad, no se cometen en el restaurante/bar. Es el concepto el que se juzga, y la ejecución de algunos pintxos implica el riesgo de fracasar en la presentación al jurado.

Ahora podría liarme a profundizar en ese sin Dios de términos, como son la cocina en miniatura, las tapas o los pintxos. Pero creo que se trata más de una diferencia semántica que otra cosa, y que en muchas ocasiones supone un corsé que limita la creatividad. De hecho a pesar de sus sutiles diferencias con el pintxo, la tapa está infinitamente más liberada de normativas, lo que está permitiendo que su línea evolutiva sea mucho más sólida y emergente.

Que nadie se tome mis opiniones como algo personal, estas reflexiones y críticas son fruto de mis experiencias como jurado en varios concursos de pintxos, y no hacen referencia en exclusiva al último certamen en el que he participado, ni a ningún pintxo concreto. Simplemente llevaba mucho tiempo gestando estas impresiones y había llegado el momento de parirlas. Por ese motivo este post no va ilustrado con ninguna foto de ningún pintxo, para evitar todo tipo de suspicacias. Es un retrato general de los problemas que percibo. Y por supuesto, sobra decir que hay quien lo hace muy bien, y tiene el reconocimiento que merece.

Si este texto sirve para que algún cocinero se pare a pensar en su trabajo y pueda mejorarlo, estupendo. Por el mismo motivo, estoy dispuesta a escuchar todo tipo de argumentos que me inviten a recapacitar sobre si estoy equivocada o no.

Nos vemos en los bares!